DESTACADO OPINIÓN

Recapitulando ocho meses de la cuarta República K

Por: Maximiliano Arnosio – Lic. en Ciencia Política

Se cumplen ocho meses del comienzo de este nuevo gobierno kirchnerista. Es entendible un avance paulatino y trastabillado en los planes de un gobierno recién asumido. Lo es aún más cuando una pandemia de dimensiones mundiales llega a un país cuyo sistema de salud se encuentra abandonado por la desidia de hace años. Pero contando casi 250 días, Alberto ha logrado, aún en circunstancias excepcionales, ser claro en los horizontes a los que aspira.

Alberto manipula. Y es que, en ocho meses de Gobierno, el paradójico “Frente de Todos”, ha gobernado para unos pocos. “Es con todos”, repetía el binomio Fernández en campaña. Quizás no los tomamos con la literalidad necesaria cuando decían que “los números tienen que cerrar, pero con la gente adentro”. Efectivamente estamos adentro, contando más de 140 días de aislamiento que, necesario en un principio, ha desembocado en decretos de necesidad y urgencia de marcada inconstitucionalidad.

La emergencia encuentra en la Constitución sus límites, entendiendo que, si el estado de sitio no ha sido declarado, no se hallan en suspenso ni los derechos ni las garantías constitucionales. Hoy estamos debatiendo si cumplimos o no la ley, cuando el primero que debería hacerlo es el Estado. Falsas dicotomías nos llevan hacia un viciado debate mientras el oficialismo avasalla a la República.

Alberto destruye. Desde el inicio de su mandato, el Presidente ha decidido diferenciarse, intentando abanderarse de un estilo que rompa con los esquemas de los últimos dos gobiernos, con el anhelo de dejar una impronta reformadora y no radicalizada, acercándose más la gestión en la que se desempeñó como Jefe de Gabinete. En esa línea, se genera la falsa ilusión de un albertismo, que intenta conciliar fuertes diferencias en su coalición de gobierno.

Por de pronto, han abundado los rechazos y derogaciones de decisiones que el gobierno de Mauricio Macri tomó en sus cuatro años de gestión. Eliminó, por caso, el decreto que prohibía el nombramiento de familiares en el sector público nacional, un intento de Cambiemos de luchar contra el nepotismo en la Argentina. Abandonó también la nueva doctrina de las fuerzas armadas, que las autorizaba a actuar contra delitos de narcotráfico, trata de personas y lavado de activos, ampliando el área de Defensa Nacional. Amagó, además, con abandonar negociaciones del Mercosur y derogó el decreto que creaba la Agencia Nacional de Protección de Testigos e Imputados, dejando su custodia nuevamente en la órbita del Poder Ejecutivo Nacional. 

Las decisiones del Gobierno demuestran el sistema pendular en que la Argentina se encuentra. Los logros de una gestión X son el blanco en los ataques de una gestión Y, generando un círculo vicioso que provoca en los argentinos un hartazgo capaz de estimular, en un futuro, otra crisis de representatividad.

Pero finalmente, Alberto cumple. Esta tarea parece mostrar en el Presidente su mejor performance. Y es que el plan de impunidad comienza a tomar forma. “¿Preguntas? Preguntas tienen que contestar ustedes”, embistió Cristina contra los jueces aquel 2 de diciembre de 2019, afirmando que a ella la había absuelto la historia.

La ambición K sobre la Justicia tiene larga data. Allá por 2006, bajo el primer gobierno kirchnerista y en las puertas del segundo, la reforma del Consejo de la Magistratura provocó que sus miembros cayeran a 13, rompiendo el equilibrio inicial y permitiendo un avance de la dirigencia política, en particular la oficialista.

En su tercer gobierno, año 2013, el kirchnerismo intentó “democratizar” la Justicia, a través de la elección partidaria de los miembros del Consejo, entrometiéndose en un Poder del Estado que debe ser el pilar contra-mayoritario en el marco de nuestros gobiernos representativos.

Hoy, en este cuarto gobierno, la impunidad definitiva es la materia pendiente y la reforma judicial la herramienta justa. En esa línea, la moratoria aprobada hace días incluyó un polémico artículo que salva a Cristóbal López, en tanto pueden adherirse contribuyentes quebrados y regularizar deudas correspondientes al Impuesto a los Combustibles Líquidos. Todo indica que es parte del mismo plan.

A fin de cuentas, Alberto manipula, destruye, pero a la vez cumple. ¿Y Cristina? Cristina está tranquila. Ella espera en las sombras, se expresa a través de sus peones y aunque Alberto lo desmienta, ejerce gran poder. La absolución se la habrá otorgado la historia, pero ésta reforma finalmente quiere efectivizarla. Está tranquila, porque a pesar de la pandemia y de la crisis desatada por el aislamiento, recién van ocho jóvenes meses y queda mucho por hacer. Está tranquila porque tienen tiempo de sobra para ir por todo.

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